Las aves que hasta ahora solo llegaban al calabazo a guarecerse entre sus hojas del sol inclemente, comenzaron a aventurarse hasta el suelo y con su estrategia de hacerse las estúpidas, se montaron sobre el cuerpo de nubia dando pequeños saltos. Los niños del salón no hacían ningún ruido solo miraban por la ventana cientos de veces clausurada por las monjas, pero abierta igual número de veces por la curiosidad, pero la atracción esta vez no era la desnudez de Nubia la loca, sino , ver que a aquellas ocho María mulatas gigantescas como cuervos, recorrían su cuerpo con tanta libertad, que todos murmuraban que estaba muerta, pero se le veía respirar de manera imperceptible, una de ellas que parecía un trozo de brea caminó con sus garras hasta su pecho y lanzó un picotazo al pezón izquierdo, todos los que miraban se retorcieron imaginándose el dolor de aquellas navajas oscuras sobre la delicada piel, volvieron a mirar y el ave lanzó un segundo ataque, el último, porque de un zarpazo Nubia agarró por el cuello al infortunado pájaro y se lo retorció con rabia, con fuerza, con odio, miró a los niños que asombrados no sabían que hacer con la vida, también habían caído en la trampa de la desnudez de la loca y les estaban retorciendo el pescuezo elástico de la curiosidad hasta un punto sin retorno.
La ventana esta vez se cerró para siempre y todos los niños se tapaban la nariz a las doce, cuando el olor que antes los hacia salivar imaginándose la mas exquisita sopa de pollo, se metía por los calados del salón y los envolvía en el remolino de olor que se formaba con el ventilador del techo.


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