martes, 13 de mayo de 2008

LA MUERTE DE LA ORTOGRAFIA


El cuello se le estiro como si fuera resultado de aquellos miedos premonitorios que lo atrapaban en la infancia cuando veía el nefasto espectáculo de su padre retorciendo el pescuezo de las gallinas del sancocho, lloraba sin cesar cuando el cuerpo del animal intentaba infructuosamente buscar la cabeza, el colgajo que mareado no logra incorporarse a su base. Ahora su cuello media diez centímetros mas, había cedido a su propio peso y la madera del techo traqueaba con el bamboleo de su rechoncha existencia, el péndulo de un reloj que se detuvo en una hora inexacta. Había preparado todo, había arreglado la reja como su mujer se lo había pedido hacia mucho tiempo, lavo los chismes, todos los chocoros que siempre dejaba amontonados en el cuarto que había acondicionado como estudio de trabajo, donde se sentaba horas y horas a sudar como caballo, tipeando en una maquina de escribir rémington que había comprado alguna vez , la tenia colocada sobre una mesa de madera que padecía de cojera desde que la fabricaron y que le dieron a mitad de precio y que el con su temperamento confuso entre bonachón y pendejo había aceptado sin reparos, pero que ahora le servia de escritorio gracias a la cuña literaria que le había puesto en la pata chueca, setenta paginas de “Los Bufones de Dios” le habían curado el defecto, recogió su ropa la dobló, esta vez logro apilar sus camisas sin una sola arruga, ordeno sus papeles, sus artículos, sus cuentos, sus dos novelas sin publicar, sin leer, tan vírgenes como una pagina en blanco, una doncella que solo ha besado, no se le escurrió ni una sola lagrima como solía suceder cuando tirado en la cama con su esposa después de tener un sexo lento y desconcentrado recontaba sus frustraciones y daba vueltas tratando de hallar el lugar preciso, el útero aquel donde descansar donde penetrar las entrañas del tiempo y devolverse a aquellos instantes que para el fueron los mas felices y no lo sabia, dándose cuenta por regla general que la felicidad es algo que solo se distingue desde lejos. Estaba tranquilo, en paz, sereno como si no tuviera pensado quitarse la vida en unos instantes.

Mariela bornacelli su mujer, una mulata risueña, que nunca aparentó realmente la edad que tenía esperó frente al cadáver guindado de su esposo muchos años mayor que ella y que había aprendido a amar desde niña cuando el siendo un hombre ya le contaba historias y le regalaba bolitas de tamarindo azucaradas, sin imaginar siquiera que esa niña se volvería una joven perturbadora de caderas amplias, pechos pequeños pero con una sonrisa capaz de seducir bestias, una bestia como él que con el paso de los años se convirtió en un hombre obeso de ciento cuarenta kilos y una estatura de un metro con ochenta y cinco, un mulo amansado por las tristezas. Ella miraba el cadáver sin demostrar dolor, solo un hilillo que se escurrió hasta su mejilla revelaba la pena, había aprendido de su marido que todo se acepta en la vida, todo pasa, el tiempo cura las heridas y la vida sigue su inevitable recorrido a la muerte, un buen maestro de aquellos que tratan de que sus alumnos se convenzan de algo que ellos mismos saben que es un invento filosófico, el sofisma de lo posible. El policía y el inspector al entrar lentamente con sigilo como con temor de despertar el muerto, se quedaron mirando aquella piñata de la desdicha colgando del techo, el policía, un hombre blanco pero con rasgos indígenas como casi todos los policías cachacos trasladados a aquel recóndito rincón, en un juanete de la sierra nevada como alguna vez escribió el escritor que ahora yacía con su mano muerta colgando de un polin del entramado del techo. El policía sintió un vahído y casi se desvanece, estaba acostumbrado a las atrocidades de la guerra del país, a la muerte estúpida, a la muerte rancia de los que tienen el hígado tan endurecido que ni los litros de sangre de los campesinos lograba ablandar, pero a esta muerte que clama, a esta muerte silenciosa, sin sollozos, como si fuera la representación exacta de la palabra fúnebre, un cuadro de la melancolía y la bohemia mas extrema le hubiera removido el estomago con sus manos fantasmales, y sintió que no podía con toda aquella soledad que se respiraba en aquella habitación. Se disponían a bajar el cuerpo el policía tratando de desamarrar el nudo tenso montado en un taburete que también necesitaba las setenta paginas de “Los bufones de dios”, el inspector sostenía de las piernas el cadáver y Mariela seguía observando como si viera una película muda, Ramiro castilla el periodista del periódico mensual del pueblo llegó jadeando saludó como si se tratara de un echo cotidiano y sin pedir permiso bebió un vaso de agua que estaba en la mesa junto a la máquina de escribir, al lado de una bolita de tamarindo azucarada y una nota, la nota en que no le explicaba el motivo de su muerte, simplemente se despedía de su mujer. Ramiro castilla tomó la nota y con la misma imprudencia en la otra mano tomó la bolita de tamarindo azucarada y empezó a morderla y a saborearla inconcientemente como si estuviera leyendo un magazín una declaración de amor de un adolescente cursi, no se interesó en lo absoluto en el muerto, guardo la nota con toda tranquilidad como si estuviera solo, como si fuese sido escrita para él, tomó unas fotografías del cuerpo ya en la cama con los brazos cruzados y se fue sin despedirse, pero así eran las cosas en estos pueblos donde la muerte ya era un animal doméstico.

Al siguiente mes el titular del “Ojo del Chimila” rezaba “La muerte de la ortografía”, Ramiro el periodista hizo una mezcla ingeniosa entre la muerte del viejo Rodrigo el escritor y un error garrafal en la nota de suicidio donde Rodrigo le dice a su mujer al final de la pagina: “Ya te ganaste la volita de tamarindo mi negra”, nota que Mariela solo pudo leer ese día impresa en el periódico, periódico que se agotó, artículo que ganó tantos premios como había en un país donde ya se empezaba a premiar la mejor muestra de miseria, Mariela mientras tanto renegaba en el rio dándole manduco a sus polleras contra una piedra para quitarles el mugre-si supieran que me daba una bolita de tamarindo por cada error que yo le encontraba en sus escritos, ¡muchos hijos de puta!-.

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