martes, 31 de marzo de 2009

Pánfilo mató a Harry Potter

El exterminio de los duendes de Monterrubio ocurrió la misma noche de la masacre que el tuto Castro - despiadado paramilitar- cometió contra sus supuestos enemigos. Ese día murieron 6 campesinos y 4 duendes.
Pánfilo Narváez, el brujo del pueblo, se adentró en la noche para hacer un grafiti en la pared blanca del colegio de las monjitas franciscana que decía: “jarri poter es un marica”. Eso después de tener una tarde pesada, curando a un mordido de serpiente, a un feto en mala posición, un esguince ; de conjurar a un hombre infiel para que le crecieran sapos verrugosos en la barriga, y habiendo escuchado(para colmo) en el granero de los Forero a dos niños que discutían sobre un mago que luchaba con dragones, que ganaba competencias de magia, que tenía una capa que lo hacía invisible, y otro montón de facultades insultantes; Pánfilo observó de reojo cómo trataban de emular con un palito sus movimientos con la varita mágica. Sintió algo de rabia. Él, que había ayudado a traer al mundo a ese par, resolviendo la impotencia del padre de uno, y encantando a la madre del otro para que se fijara en el gordo mal oliente de su padre, jamás ha recibido tal homenaje; nadie jamás había dicho que quería ser como él y ahora ellos vanagloriaban a un tal Harry Potter. Para ellos, seguramente Pánfilo Narváez sólo era un brujo miserable con una hija de 13 años deshonrada por un duende. Pánfilo salió un rato a la acera a tomar aire caliente para cauterizar la herida del ego; miró la soledad de las calles que presienten la muerte, calles que se vuelven cómplices, que se tapan la boca con sus dedos de concreto y arena; que traen los susurros del miedo, que señalan el camino equivocado. Suspiró y le pidió al cachaco Forero un aerosol negro, dos metros de cabuya, dos sábanas, jabón, disolvente, y un costal. Se dirigió a la casa de su comadre Emilia para que le prestara a su hija menor de unos 12 años, virgen hasta el cabello, porque ni siquiera un peine entraba en esa maraña de pelos. Emilia accedió porque era su compadre y porque sabía que Pánfilo tenía gustos raros pero nunca se le había dado por perseguir niñas, y si las quisiera, sólo tendría que hacer un hechizo. Se llevó a la niña de la mano por la calle caliente sudando a chorros bajo su sombrero, escurriendo la rabia en el sudor de la espalda que pegaba su camisa; En uno de esos días en que el embudo de la vida le vertía los sinsabores, las melancolías, los dolores , la rabia, y lo sacudía para que quedara bien mezclada dentro del pequeño estuche corporal que evapora la sangre para dejar entrar esa sustancia viscosa parecida a la bilis y que es la sangre de los locos, o de los que pronto van a cometer una locura. Entró a su casa, dejó el sombrero boca arriba sobre la mesa para no atraer la muerte, llamó a su hija y le dijo que hoy dormiría donde su comadre; la niña no preguntó, dobló como pudo ropa interior, una blusa y unos pantaloncitos que estaban colgados en el patio tostados por el sol inclemente, que en vez de ser doblados, debian ser partidos. Se despidió de papá con un abrazo y dijo que mañana volvía; Pánfilo tomó a la hija de Emilia de la mano y la llevó al patio, la montó en la batea junto a la alberca y la desnudó mirándola sin mirarla, sólo con los ojos puestos en la dirección del cuerpo de la niña, pero la mirada en el futuro, en el plan, en los pasos, en un hombre comprometido con los rituales y que comprendía que sólo hoy tendría la oportunidad de vengarse. Era luna llena, había un viento fresco viniendo del sur y el romero estaba florecido. Le peinó el cabello mojado que se desenredó en una cascada de pelos que le llegaba casi a la cintura; mató cuantos piojos pudo, le colocó una batica blanca sin mediar palabra con la niña, la llevó a la cocina y le calentó una sopa de costilla que había preparado su hija. La tarde cayó como pringos tristes de tintes baratos sobre un cuadro caro. Pánfilo llevó a la niña al cuarto de su hija, la perfumó con la fragancia francesa que había traído de Maicao, la acostó y le dijo con su voz de papá:“no te preocupes, yo te voy a cuidar”; tomó la cabuya he hizo 8 nudos rodeando las piernas de la niña para mantenerlas juntas, encendió el viejo ventilador y lo puso en dirección a ella, para que se exparciera la fragancia francesa revuelta con el olor de sexo puro, básico, primario, reclamante, inmaculado e ingenuo. Fue a su cuarto y tomó el manduco que había fabricado de un guayacán amarillo de la finca de los La Valle; llevó consigo también un mecedor y lo puso a metro y medio de la cama, apagó la luz y se sentó a esperar. Sólo se escuchaba el viento empujado por las aspas y se escuchaba el miedo que venía de la calle transportado en el silbido de los fantasmas que presentían una matanza. A las 10 de la noche, Pánfilo(medio dormido en el mecedor)sintió cómo algo intentaba deshacer los nudos; con la luz de la luna vió a un duende tratando en su ansiedad, excitado ante la virginidad cercana, de desanudar el primer rollo de cabuya a los pies de la niña. Tomó el manduco y se levantó, elevó el garrote y lo descargó con toda la rabia propia de un hombre que siempre ha vivido del rencor y del miedo de los demás, y que ahora quería reivindicar el honor de su única hija. El duende no presintió su muerte, lo tomó por sorpresa y lo estrelló contra la pared, como a una rata vieja y gorda. La niña no despertó, sedada por la magia del duende que susurra al oído el secreto del sueño, la esencia pura de la mata de dormidera en su aliento; Pánfilo no lo recogió. Se sentó y esperó; tres más vinieron atraídos por la trampa, y tres más que fueron víctimas del garrote de guayacán. Alguno de esas infelices creaturas era el responsable. A las 6 de la mañana, con el canto de los gallos, buscó el costal y recogió a cada uno de los duendes; lavó la sangre coagulada con agua, jabón y disolvente para que no quedara el olor a calabazos podridos; los miró con asco y comprobó que los duendes lucen de acuerdo a la persona que los ve. Para el parecían iguanas abigarradas de ojos pequeños. Salió de su casa para llevar el costal al arroyo y enterrarlo debajo de una zarza; caminó por las mismas calles intoxicadas de sangre, con la resaca del sacrificio humano y el tufo caliente de la muerte inocente. Encontró en la plaza una romería de gente, madres con los ojos secos, lamentos, desesperanza, la tristeza cuadro a cuadro; una madrugada que no quiere terminar, un día que no quiso existir y lo obligaron con la amenaza de quitarle el mañana. Sangre, lágrimas y el moho que corroe el destino de la gente. Los niños que ayer jugaban a ser magos del cine, ahora miraban cosas mas increíbles e incomprensibles. Observaron el costal de Pánfilo que chorreaba algo de sangre y preguntaron espantados qué llevaba allí. Pánfilo, todavía aturdido por aquello que había pasado mientras cazaba duendes, sólo atinó a responder: “Aquí llevo a Harry Potter”. Los niños lloraron, habían matado la realidad y la fantasía la misma noche.