martes, 13 de mayo de 2008

LA CABEZA DE LA SERPIENTE

La multitud se apartaba del hombre desnudo, asumiendo de antemano que estaba loco, comprenderían con el tiempo que cuando la muerte persigue, no da tiempo de vestirse para la ocasión. Mario llegó en cueros al mercado donde a esa hora todos aquellos que lo conocían y lo respetaban se encontraban comprando el bastimento para el almuerzo y jamás se imaginaron ver el cuerpo de don Mario expuesto de tal manera, estaba sudoroso, pero no el sudor aquel del esfuerzo físico sino el sudor brillante, pegajoso y helado del miedo. A los varios minutos fueron saliendo del estupor y corrieron a brindarle algo para cubrirse, lo sentaron sobre un banquito rustico y seguía pálido, sin habla, como nunca lo habían visto en tantos años de tertulias interminables que se transformaban en monólogos donde exponía teorías propias y ajenas también presentadas como suyas. Descubrió el poder de la información a los doce años cuando Don Gabriel Posada, único profesor nombrado por el gobierno para un caserío de ochenta personas, le regalo un libro de Benedetti y con aquella poesía dolorosa, adictiva, hizo sucumbir a la mitad de las mujeres. nunca gasto un centavo en licor, todo lo ahorraba para comprar libros, y a pesar de su escepticismo se le revelo que los muertos hablan en silencio, que Rousseau mira fijamente a los ojos, que Maquiavelo camina de un lado al otro esperando infinitamente que contestes, y a pesar de los esfuerzos de Abelardo, de Spinoza, de Borges, por hablarte al oído, por tumbar candelabros, por golpear puertas azotar ventanas, condenados a solo tocar la realidad desde tu interior, entrar con su caballo de Troya de papel en tu sumisa y pequeña ciudad de artesanos nostálgicos.

Se incorporó luego de beber agua y diluir con algunas lagrimas la amalgama de locura y desnudez, entregó al tipógrafo cientos de hojas y aunque odiaba dramatismo, recitó palabras escritas en la última pagina -me voy para que me maten de primero-, miró al tipógrafo y dijo- no deje que además de la vida, nos quiten la inmortalidad.

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